Cuando funciona como debe, el cortisol sigue un ritmo perfectamente afinado: activa por la mañana, calma por la noche
El cortisol es una hormona natural producida por las glándulas suprarrenales, unas pequeñas estructuras que tenemos sobre los riñones. Popularmente se la conoce como la hormona del estrés, pero esa etiqueta es demasiado simplista: el cortisol es mucho más que eso.
“Imagina que el cortisol es el botón de encendido de tu organismo. Por la mañana, al despertar, aumenta sus niveles de manera natural para que puedas abrir los ojos, levantarte y tener energía para arrancar el día. A lo largo de la jornada, sus niveles van disminuyendo poco a poco, permitiendo que tu cuerpo baje la intensidad. Por la noche, alcanza su nivel más bajo, lo que facilita que duermas y te recuperes”, nos explica Álvaro Fidalgo, psicólogo y CEO de Hexagon Psicología.
Cuando funciona como debe, el cortisol sigue un ritmo perfectamente afinado: activa por la mañana, calma por la noche. Es un reloj interno diseñado para que alternemos entre acción y recuperación. Ahora bien, además de este ritmo natural, “el cortisol se dispara en momentos puntuales que requieren concentración y reacción rápida. Nos ayuda a estar listos ante situaciones percibidas como relevantes/amenazantes. Nos permite estar listos para la acción, ya sea una reunión importante de trabajo, un examen o una presentación pública o un coche que aparece de golpe en tu carril.
“En esas situaciones, el cortisol es tu aliado: aumenta el azúcar en sangre para darte combustible inmediato, acelera el corazón para que reacciones y enfoca tu atención en lo esencial. Sin él, simplemente no podrías adaptarte a los desafíos cotidianos”, añade Fidalgo.
El problema llega cuando este sistema, que está diseñado para activarse de forma puntual, se mantiene encendido todo el tiempo. Y aquí es donde entra en juego la vida moderna.
“Nuestro sistema está diseñado para enfrentar un león en la sabana, no para lidiar con 200 correos y 50 notificaciones diarias. La evolución social ha avanzado mucho más rápido que la capacidad de adaptación de nuestro cuerpo a ese avance, por lo que la sobreestimulación del mundo moderno nos predispone a enfermar, literalmente. Cada uno de esos estímulos activa pequeños picos de cortisol, y el cuerpo no tiene tiempo de bajar la guardia. Vivimos en alerta continua”, apostilla el psicólogo.

Cortisol, ¿aliado o enemigo?
Nuestro cerebro interpreta muchos estímulos diarios como si fueran “leones”:
- Correos urgentes que llegan fuera del horario laboral.
- Reuniones encadenadas y multitarea permanente.
- Comparación social en redes y la presión de “estar siempre a la altura”.
- Notificaciones de las redes sociales y dopamina: cada “like” o novedad activa el circuito de recompensa (dopamina), mientras la incertidumbre de la notificación y qué podrá ser dispara cortisol.
Resultado: un ciclo de tensión y alivio que engancha y desgasta al mismo tiempo. Existen consecuencias a largo plazo como se muestra en estudios recientes que confirman que niveles crónicamente elevados de cortisol aumentan el riesgo de depresión, ansiedad generalizada, deterioro cognitivo e inmunosupresión. Por ejemplo, una revisión publicada en Immunology of Stress (2024) describe cómo la exposición prolongada a cortisol alto reduce la proliferación de células inmunes y debilita la respuesta defensiva del organismo, lo que explica por qué las personas sometidas a estrés constante se vuelven más vulnerables no solo a trastornos emocionales sino también a enfermedades físicas.
“En el marco de nuestras terapias, el tema del estrés aparece de manera recurrente, casi con una “normalidad preocupante” y aparentemente ajena a nuestro control. Muchas personas han interiorizado que el ritmo de vida actual es inamovible, y lo asumen como un factor inevitable que terminará impactando en su salud. A menudo perciben que no disponen del tiempo, los recursos o las estrategias necesarias para gestionar adecuadamente ese estrés crónico”, afirma Fidalgo.
“Nuestra experiencia clínica muestra que alrededor del 80 por ciento de los pacientes manifiestan, en algún momento del proceso, síntomas compatibles con niveles elevados de cortisol mantenidos en el tiempo. Entre los más frecuentes destacan: alteraciones del sueño (insomnio, despertares nocturnos), fatiga persistente, sintomatología ansiosa o depresiva, y disfunciones gastrointestinales asociadas”, añade el experto.
Estos hallazgos ponen de relieve la necesidad de generar mayor conciencia sobre el funcionamiento del cuerpo y sus respuestas al estrés. “Pero es importante subrayar algo: el cortisol no es el enemigo. Sin él no podríamos despertarnos, rendir en el trabajo ni responder a una urgencia. El reto no está en eliminarlo, sino en recuperar su equilibrio natural: activarlo cuando lo necesitamos y dejar que descienda cuando toca descansar.
En una sociedad hiperconectada, aprender a regular nuestro cortisol es tan importante como comer bien o hacer ejercicio. Es la base para vivir con energía sin quemarnos, para tener claridad mental y foco sin perder salud, y para avanzar sin sentir que siempre vamos a contrarreloj”, aclara.

Un método para lidiar con el cortisol
“Cuando creé el método Hexagon, basado en la aplicación de la psicología de alto rendimiento a lo cotidiano, entendí que se debían trabajar seis pilares fundamentales (ocio, trabajo, deporte, red de apoyo social, cuerpo y naturaleza) que conectaban fuertemente diversas áreas de la vida, proporcionando no solo alto rendimiento, sino también un bienestar integral y sistémico y adaptable a multitud de situaciones”, nos explica Álvaro Fidalgo.
En el caso de pacientes con altos niveles de cortisol, “utilizamos el pilar Cuerpo para trabajar rutinas de sueño reparador, alimentación antiinflamatoria y respiración consciente, que reducen los picos de cortisol. El de Deporte, para incorporar entrenamiento físico moderado como regulador natural de esta hormona; el de Ocio y Naturaleza, para fomentar espacios de desconexión digital, fundamentales para bajar el nivel de alerta. Y el de Red de apoyo, para reforzar la importancia de vínculos de calidad que amortigüen el impacto del estrés”.
El experto añade que “nuestro objetivo no debe ser, por tanto, eliminar el cortisol, sino ayudar a las personas a reaprender a regularlo, de modo que el estrés no sea un lastre, sino un recurso para vivir con energía, salud y propósito, mientras permaneces adaptado de la mejor manera a las dinámicas de vida actuales”.
En la era de la hiperconexión confundimos productividad con estar siempre disponibles. “Esa sobre exigencia dispara el cortisol y nos deja en alerta crónica. Nosotros ayudamos a transformar ese estado de desgaste en un sistema equilibrado, donde el estrés deje de enfermarnos para empezar a impulsarnos”, concluye.